¡No toquen la jornada de ocho horas!

El industrial químico alemán Carl Duisberg (1861-1935) observó en una ocasión en 1921:

We should not take beer away from the workers and make cigars and tobacco so expensive that they can no longer smoke. I warn you very emphatically: do not touch the eight-hour day… do not neglect the psyche of the workers! We want to keep the eight-hour day.

No debemos arrebatar la cerveza a los obreros ni producir puros y tabaco tan caros que suponga que ya no puedan  fumar. Les subrayo con especial énfasis: no toquen la jornada de ocho horas… ¡No desatiendan el alma de los trabajadores! Necesitamos mantener la jornada de ocho horas.

(Citado en Gerald D. Feldman, The Great Disorder: Politics, Economics and Society in the German Inflation, 1914-1924, p. 329. Oxford: Oxford University Press, 1997, 2ª edición).

Para el lector actual quizás esta cita resulte un tanto sorprendente, más al comprobar que Duisberg era uno de máximos exponentes de la patronal industrial alemana. De acuerdo a la percepción general vigente en la actualidad, el patrón debería defender su exclusivo interés empresarial y si puede imponer a sus trabajadores trabajar doce en vez de ocho horas por el mismo salario, pues mejor. En cambio, la impresión que ofrece es una versión del discurso del fordismo, defendiéndose la necesidad que los obreros disfruten de un nivel de vida suficientemente elevado para comprar los bienes de consumo producidos por la industria.

Pero el contexto lo es todo y en este caso no es la excepción. Esta cita proviene de las actas de la ronda de contactos que mantuvo el Ministerio de Exteriores alemán, durante el mes de febrero de 1921, con diversas personalidades de la banca, la patronal y de los sindicatos alemanes para recibir asesoramiento para la respuesta al anuncio hecho por los representantes de las potencias aliadas en París el 29 de enero de 1921 y detallando, por primera vez, las cantidades a sufragar anualmente por Alemania en concepto de las reparaciones de guerra ya previstas en el Tratado de Versalles de 1919.

La cita en cuestión hace referencia a la idea surgida entre los representantes aliados reunidos en París y a quiénes se les planteó la posibilidad de que, en verdad, Alemania no sería capaz de hacer frente a las anualidades en metálico y en exportaciones, especialmente de carbón. Ante esas objeción, se barajó la posibilidad  de aumentar la jornada laboral en Alemania hasta las catorce horas diarias. Téngase en cuenta que la jornada laboral de ocho horas había sido, precisamente, una de las grandes conquistas sociales obtenidas tras la Revolución de noviembre de 1918 que, entre otras cosas, también había defenestrado a la monarquía de los Hohenzollern e instauró una nueva República.

Dicha propuesta no era una idea surgida de la nada sino, al contrario, era hija de la sabiduría convencional del pensamiento económico vigente en Gran Bretaña y Estados Unidos en 1919-1920, donde se aplicó una brutal política deflacionista con el objeto de revertir la sobreproducción e inflación consiguientes de la Gran Guerra de 1914-1918, ejecutada a través de una severa reducción del gasto público y el aumento de los tipos de interés, representando tanto un vertiginoso aumento del desempleo como una marcada bajada de los salarios en ambos países que vino de una severa represión del movimiento obrero. De este modo, debe comprenderse que sugiriesen sin más la misma receta para resolver los problemas económicos de los alemanes.

Lo que preocupaba realmente a Carl Duisberg era la respuesta de los obreros alemanes, prediciendo un colapso social que, a su vez, llevase al poder a los bolcheviques también en Alemania. Otros industriales con menos escrúpulos sociopolíticos, como Hugo Stinnes (1870-1924), en cambio, lo veían como la oportunidad perfecta para derribar a la coalición de centroizquierda que ostentaba entonces el Gobierno y así abrir las puertas para que el Deutsche Volkspartei o Partido Popular Alemán, del que Stinnes era miembro fundador y entonces diputado en el Reichstag. Año y medio más tarde y en plena vorágine hiperinflacionista, su receta para lograr la estabilización de la economía alemana sería la ampliación de la jornada laboral hasta la diez horas diarias, aumentando hasta doce en el caso de los trabajadores en las cadenas de producción industriales. Debe hacerse notar que Stinnes era entonces también muy conocido por acomodar su discurso político a sus intereses económicos inmediatos, consistentes en sus empresas dedicadas a la industria siderúrgica y las minas de carbón del Ruhr.

Los temores compartidos tanto por el Gobierno de centroizquierda como por buena parte de la patronal alemana bien los representaría esta viñeta, publicada en la prensa británica el 1923:

Viñeta donde se representa a un cerril primer ministro francés, R. Poincaré, acosando a una indefensa y harapienta Alemania hasta al borde de un precipicio donde esperaría, expectante, la amenaza bolchevique. (David Low, The Star, 1923).

 

 

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